13.12.08

Me voy a arrepentir de hacer esto...

- Mamá, ¿qué le está haciendo ese avión más chiquito a ese avión más grandote?
- Se lo está cogiendo, y, a juzgar por el ángulo, yo diría que analmente.
- Me marcaste de por vida.
- No, yo n...
- Te voy a poner una demanda que vas a tener que comerte las chancletas para no cagarte de hambre, hija de puta.
- Crecen tan rápido.

9.12.08

TÓRDIDA DESVENTURAS DEL DESDICHADO ARLONZO

TÓRDIDA DESVENTURAS DEL DESDICHADO ARLONZO

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

DE CÓMO ARLONZO LLEGÓ AL MUNDO

 

 

 

 

Era una fría noche de verano. Los gorriones se deslizaban por el cielo y piaban componiendo sinfonías dulces pero no tanto. Los campesinos devoraban una cena compuesta en su mayoría de carnes hediondas y muy poco apetitosas. Y las señoras, más feas que un pie, se paseaban por las callejuelas de las villas intentando demostrar –en vano- una belleza inexistente. Así quiso el destino que las cosas se configurasen para la llegada de Arlonzo a este incomprendido mundo.

 

 

 

-¿Zulma, cuánto falta para comer? Tengo un hambre que no veo- Exclamó Don Sigorzo a tiempo que fijaba la vista en el baqueteado cielorraso.

-Muy poco. Según parece un desprevenido pollo acaba de posarse sobre la sartén. Ni bien se descuide le doy un mentecazo y la cena estará lista. Entre tanto, ve a buscar a los niños que están jugando en el pueblo- Respondió la no muy agraciada Zulma observando la cocina.

Y así, Don Sigorzo hizo lo que se le ordenaba mientras dejaba volar su imaginación y se encontraba a sí mismo devorando un invisible pollo asado, jugoso, tierno. Y en esto estaba cuando llegó a la entrada del pueblo. Atravesó entonces la primer calle, luego la segunda, la tercera y finalmente llegó a la plaza. Allí estaban esos desgraciados engendros, jugueteando con una Tubaba.

-¡Zoilo, Zulvo, Irgonzio, Férvolo, Chifno, Higno, Zínzigo!- Llamó enérgicamente- ¡Hoy comemos!

Al canto del dulce palabrerío que prometía comida, los siete niños se dieron vuelta en una fracción de segundo y, al cabo de un instante de confusión, habían arrojado a la Tubaba  a un pozo, aprolijado sus ropajes, peinado sus escasas cabelleras, puesto su mejor sonrisa y acercádose a su padre. Éste, sacó la soga que tenía preparada especialmente para esos casos, ató a cada niño por la cintura y se encaminó de vuelta al hogar mientras tarareaba una melodía pegadiza y alegre, seguramente auspiciada por el delicioso pollo al disco que saboreaba de antemano.

Entre tanto, Zulma, su mujer, había tropezado con una cruel estratagema del destino. No bien su esposo había partido a buscar a los pequeñines, ella habíase preparado para darle caza al inocente pollo que se posaba sobre la sartén. Pero, en el mismo momento en que estaba por asestar el mentencazo que acabaría con la vida del ave y traería felicidad y jolgorio a la casa como nunca antes se había visto, el niño que hace nueve meses fue producto de la imprudencia, intentaba salir del vientre de su madre. Ésta, que no podía creer su mala fortuna, casi se desmaya. Sin embargo, no fue así y se logró agarrar de un mango para intentar evitar una caída infructuosa. Este mango, sin embargo, resultó ser el mango de la sartén, la cual, al moverse violentamente, asustó al polluelo que, en ese instante, alzó un vuelo a medias y escapó por una ventana. Ya sin cena y con un niño en camino, Zulma se recostó sobre una bolsa de papas vacía y dejó que la naturaleza obrase por si misma.

 

Don Sigorzo, en ese instante, había llegado a la puerta de la casa. La abrió entonces e introdujo a los retoños en esta. Les ordenó –por medio de manotazos y gesticulaciones- que se pusieran su mejor traje; esa noche se recordaría por lunas y lunas. Así obraron los pequeños malandrines mientras su padre se dirigía a la cocina a supervisar el asunto de La Cena. Grandiosa fue su sorpresa cuando vio a su mujer rendida sobre la bolsa de papas, con las piernas abiertas, la sartén vacía y, para colmo, un niño asomándose de sus partes nobles. A punto estuvo el pobre de desfallecer. En vez de eso, puso el grito en el cielo y la ira golpeó salvajemente su cara; su triste expectativa había quedado reducida a la ruina. Y no sólo eso, sino que ahora debería auxiliar a su señora en la trabajosa tarea de sacar al malviviente de su entrepierna.

 Así fue que “al mal tiempo, buena cara”, Sigorzo puso manos a la obra. Se acercó a Zulma, abrió sus piernas, tomó la resbaladiza piernecita del niño y, todavía con la idea del pollo fija en su cabeza, tiró de ella como si estuviera pronto a desmembrarlo. Afortunado fue el pequeño al conservar intacta su extremidad, y afortunado fue su padre al no perder a su desvanecida esposa en el proceso. Ésta, que todavía no salía de su asombro, exclamó con una voz potente y de carácter masculino:

-¡Córtale el cordón sombrelical de una vez, hombre!

El esposo hizo lo pedido y pronto el niño comenzó a llorar desconsoladamente, ya sea porque estaba acostumbrando a sus pequeños pulmones a respirar, ya sea porque sabía de antemano la desgracia que le esperaba en años venideros. Pero Sigorzo (que era tan ignorante como una mula) atribuyó dicho llanto al terrible navajazo con el que había cortado el cordón y, presa del pánico, huyo furtivamente en la noche a pueblos lejanos de los que nadie sabe, pensando que su degenerada esposa (al haberle pedido la susodicha tarea) habíale jugado una vil artimaña y que él, hombre como era, había caído en ella. Quedó entonces Zulma en el suelo, con un dolor en el bajo vientre, un niño recién venido al mundo, siete más que esperaban un pollo asado en la otra habitación, un esposo fugado, una casa que a duras penas se mantenía en pie y un sinfín de desdichas que se sucederían sin ton ni son.

 

 

7.12.08

Dónde está Roger?

5.12.08

Adios, amiga

Adios, amiga
amiga fiel
amiga de nalga

Recordaré siempre este día
como el dia que dejaste de ser billetera
y pasaste a ser villetera.

Y ahora me acucia la duda
por qué te fuiste con esos señores?
Por qué me abandonaste de esa forma?

Fue por su piel morena?
Fue por su acento característico?
O tal vez por su arma?

Siempre tan alegre eras
tan llena de vida
tan llena de cambio

Redondeada
transpirada
apretada

Amasada
apestada
tal vez algo sodomizada.

Fue una vida difícil la tuya
en mi bolsillo de atrás
si supieras hablar, cómo habrias gritado.

Y asi te despido
mientras esos señores malvados
se alejan en motocleta

Pero no temas nada amiga
pues compañía tendrás
dado que tambien se llevaron el celular.

Te vas pero sé que me recordarás
pues la forma de mi culo
siempre llevarás

3.12.08

El pie enfermo

Aquí les traigo una anécdota como pocas he tenido =D



El pie enfermo

 

 

 

 

-¡¿De qué estáis hablando, bellacos?!- interrumpió Fresón de Gor ni bien acercó su regordeta cara a la mesa contigua a la suya. El hedor inundó el bar al tiempo que el grotesco ser remolvía su cabellera.

De los dos que ocupaban aquella mesa, sólo uno reaccionó; Sir Jorce LaFéi levantose de su banqueta y espetole al recién llegado:

-¿Cómo osas, oh, gran señor de cara redonda y hedor envolvente, irrumpir sin Pusca ni tuerca la flavorosa conversación que mantengo con el aquí presente Chéfile Hei?

El otro, el primero, aquél de un hedor comparado al de una zandía fuera de estado, no esperaba dicha respuesta, no esperaba que alguien osase realmente enfrentarse a él, de modo que contorsionó sus facciones, juntó un polluelo en su garganta atrofiada y lo liberó con todas las fuerzas de su bocaza. Jorce, ni corto ni perezoso, agachose a tiempo y esquivó la agresión. Esta misma, transitó cuatro metros en recta dirección e impactó en la inmaculada mejilla de Doña PeSuelo, quien recibió el impacto y, siendo una mujer blanca como la leche materna, no pudo mantener la ensayada postura que exhibía, lo cual la llevó a caer de lado, sobre una taza almidonada, que quedó reducida a escombros. De tal forma corrió el dado, que esa taza resultó ser el hogar del bueno de Cerebil, honroso habitante del Bar de la Rosucsa. El susodicho levantose y entornó sus ojos, saltó bien alto en el aire y colgose de una araña que pendía precariamente del cielo raso. Una pianola frenética sonaba de fondo y la gente permanecía aturdida, fuera de ese mundo donde el pequeño equilibrista desafiaba las alturas. Hamacose Cerebil entonces, colgando aún, y dejose caer con tanta violencia sobre Fresón de Gor que, si no hubiera querido la buena fortuna hacer resbalar a este último, hubiera quedado malherido de por vida en su ojo derecho, pues la potencia del pequeño atacante fue tal, que pudo sin dificultad alguna derribar una pequeña pared que dividía al Bar de la Rosucsa en sector pecadores y sector No-pecadores. En fin, ante este hecho, una escaramuza sin precedentes se desencadenó en el lugar; Sir Jorce LaFéi había tomado una escuálida mujer a modo de escudo humano y se arrojaba objetos punzantes con otros comensales igualmente armados con escudos de similar naturaleza; Chéfile Hei, que en un primer momento había permanecido tieso como una vara de escoba, batíase a duelo con una mujer de muy mal aspecto, sin duda alguna más fea que un pie enfermo; por otro lado, un señor muy antiguo sollozaba tirado en un rincón cerca de los sanitarios, evidenciando un maltrato sobre su zona genital; lejos de allí, sobre la otra punta del salón, varias señoras de avanzada edad rodaban en una batalla carnal como nunca habíase visto antes; Cerebil, ajeno a todo el barullo, permanecía abatido, inmóvil, triste, luego de derribar aquella pared con la fuerza de un tifón; a su vez, la música no dejaba de sonar y realzaba la bataola llevándola a escenarios que podrían calificarse de “épicos”.

Sin embargo, “a todo lo bueno le llega la hora”, la Yuta cayó de impróvito sobre el afamado Bar. Las sirenas se hicieron presentes y las luces inundaron prontamente el lugar. Los uniformados adentráronse en la escaramuza y comenzaron a repartir golpes y madalenas a diestra y siniestra. En este proceso fallecieron de manera segura Cerebil (si no muerto ya se encontraba), el desvergonzado Fresón de Gor y una anciana a quien nadie importó su fenecer.

Diecisiete minutos exactos duró la redada. Los demás comensales, aquellos quienes no recibieron golpes suficientes para salir en un saco negro o vehículo ambulante (ambulancia, como se lo suele conocer), fueron detenidos en el destacamento número 74 del condado de Oregon. El Bar, esa noche, acabó solitario y la pianola, que siempre acompañó la escaramuza, dejó de sonar lentamente hasta apagarse en un susurro cruel y devastador.

1.12.08

Hipólito Yrigoyen y la Piedra Filosofal

Si yo fuera una virginidad, ¿dónde me escondería?
Esto se preguntaba Hipólito Yrigoyen, investigador privado, a quien una damisela había puesto tras la pista de su virginidad perdida. Ésta damisela iba por el nombre de Kirsten Dunst, y le había dejado un cuaderno de notas con sus propias averiguaciones, que sólo decía esto:

Club Nadatierno (jueves a las once)
Preguntar por Tita.
Por adelante sí, por atrás nunca.
Hay nunchacos bajo la escalera, ojo al piojo.

Hipólito Yrigoyen se puso el abrigo con torga incluída y salió a tomar un café para aclarar las ideas.
Luego del sexto vodka con coca lo vio todo más claramente que nunca. Luego del séptimo lo perdió.
A su derecha, un pelado se rascó la nutria. Misterioso.


Lunes
Hipólito Yrigoyen se dedicó a interpelar gente por la calle de forma azarosa. Tuvo que golpear repetidamente a un infante, pero le sonsacó un dato valioso: el Tri-shot salía sólo un peso cincuenta en el almacén de la esquina.
Comprobó este dato momentos más luego.

Martes
Hipólito se dió a la confección de su best-seller. Escribió tres capítulos: el capítulo dos hablaba durante cuato páginas de comprar una mandarina en gajos. El capítulo tres sólo contenía dos palabras ("pero entonces") y el capítulo cinco decía "me salto el cuatro porque soy re loco". Hipólito casi podía sentir el olor a papel moneda inundando su patético hábitat... este libro haría historia.

Miércoles
Almorzó una lata de chícharos en almíbar.
Mandó a hacer una averiguación del nombre Kirsten Dunst. El tipo lo miró y le dijo "me está jodiendo?" y a continuación le cobró seiscientos dólares.
Pasaron Scrubs.

Jueves
La gran noche. Fue al Club Nadatierno, a las once. El Club Nadatierno era un lugar de proporciones glamorosas, con neones exhuberantes y carteleras atractivas.
Hipólito Yrigoyen se encontraba apreciándolo desde la vereda de enfrente. Una alcantarilla lanzaba vaho a la noche. Hipólito lanzó su cigarrillo una vez que lo terminó, y se aventuró al Club.
Música de burlesque y risas obscenas azotaban desde todos lados. La iluminación era pobre, pero se adivinaban extraños sucuchos privados hundiéndose en cada pared, ideales para apuñalar a un hombre entre el segundo plato y el postre.
Hipólito se sentó en la barra y pidió un tarro de agua sucia, el especial de la casa. El barman sacó un tarro pre-llenado de agua de zanja, escupió con habilidad en su interior y se lo alargó a Hipólito, quien tras un rápido "gracias a vos", comenzó a beber el misterioso trago.
- Dígame, buen hombre... - pronunció con cuidado Hipólito, con una rápida mirada cómplice al cantinero.
- Si, señor?
- Necesito hablar con Tita.
- ¿Tiene que ser Tita, señor?
- Absolutamente.
- Mire que hay Rodhesia eh.
- No, Tita.
- Acompáñeme al fondo, señor.
Hipólito recordó las palabras "por adelante sí, por atrás nunca" y lo pensó mejor.
- Nada de eso. Que ella venga para acá.
El cantinero sonrió como diciendo "a este lo previnieron, picarón" y desapareció en la trastienda al grito de "si alguien es macho, que abofetee al de la izquierda". Ruidos de golpes atronaron el bar. Mientras que a la izquierda de Hipólito no había nadie, a la derecha había un camionero con aspecto de orco, quien con una urgencia violenta atravesó de lado a lado la cara de Hipólito con su contundente palma.

Hipólito despertó algunas horas más tarde en el suelo. Una señora cubierta de joyas hacía break dance sobre el escenario. El orco le lanzaba botellas vacías, que eran evadidas con gran habilidad, y en algún lado alguien azotaba una pianola sin vergüenza alguna. Claramente la noche se había ido a la mierda.
Hipólito Yrigoyen se incorporó con la convalecencia del salmón que se sube a la cabeza de una jirafa.
A sus espaldas, tosió una dama gorda de rasgos caribeños, con un peinado estroboscópico erguido hacia arriba a tal punto que parecía más la obra de un jardinero que de un barbero. Llevaba un chal verde con cuentas de ópalo y chancletas Kalvin Klux Klein.
- Soy a quien en este mundo llaman Tita.
- Estoy en busca de la virginidad de la señorita Dunst.
- Eso lo puedo ver... pero ¿sabes qué es exactamente lo que buscas?
- Si lo supiera hubiera usado Google, ser de la noche de extraño peinado.
- Puedo darte más información, pero esta información tiene un precio.

Viernes
Hipólito Yrigoyen se levantó con el ano en llamas. Sus últimas horas de lucidez eran un gran borrón de inciensos y lociones de aspecto mohoso.
Cualquiera que hubiera sido el precio, había sido muy alto.
Cuando iba camino al baño para hacer un control de los daños, algo le llamó la atención. Era una llave.

28.11.08

Choticiero de Canal Pi


El final está cortado por qué? Por los chinos seguramente.